Siempre quise saber de qué se trataba ese libro “Juan Salvador Gaviota”. “Un pájaro, ¿Qué interesante puede ser un libro sobre un pájaro? – me decía a mí mismo, queriendo saber de qué se trataba el libro, y negándome a leerlo.
Hans era un alemán que tenía una súper librería en una zona exclusiva de
San José, Costa Rica. En la fábrica donde yo trabajaba nos encargaron hacer
algunos estantes para la librería de Hans, y el jefe me asignó para supervisar
la instalación de los muebles en el local. A mí me encantó la idea, pues se
trataba de una librería, y como he leído desde los dieciséis años con pasión y
voracidad, nada mejor para un lector como yo que trabajar en una librería.
Por lo general, terminábamos temprano, y nos quedaba mucho tiempo antes que
llegaran por nosotros, así que decidí, sigilosamente, leer un poco mientras
esperaba al compañero que nos transportaría. “Juan Salvador Gaviota” estaba
allí, en uno de los estantes, lo tomé en esos ratos libres, y por fin comencé la
lectura.
Solo me llevó dos días para leerlo en los ratos que me quedaban libres. Richard
Bach, el autor, escribió algo muy pequeño, pero que se volvió clásico. La historia
me gustó mucho, pero, 25 años después que volví a leerla, me gustó un millón de
veces más. Simplemente el mensaje de Bach en Juan Salvador Gaviota es
extremadamente importante. Y me gustó muchísimo más, porque pude comprender
cada palabra del autor en esta famosa fábula.
Juan Salvador es una gaviota que quiere llegar a las alturas, quiere volar,
quiere aprovechar el diseño de su cuerpo, después de todo, es un ave, y su
cuerpo es para los aires, para el vuelo. Todos sabemos que las gaviotas son “aves
carroñeras”, y solo se preocupan por “qué comerán”, por eso vuelan de la playa
al barco a buscar los desperdicios que son echados al mar por los marineros. A las
gaviotas comunes no les interesa el cielo, se conforman con el ras del suelo.
Juan Salvador no, él quería volar, ir más alto, perfeccionar sus estrategias,
la forma en que planeaba y alcanzaba las alturas. Hasta flaco estaba quedando
porque ni siquiera le interesaba comer, solo volar.
Sus padres le llamaron la atención, le pidieron que “fuera normal, como las
demás gaviotas, que buscara su alimento y dejara esas ideas locas de intentar
volar muy alto”. Para no defraudar a sus padres, Juan Salvador se comprometió a
seguir el consejo. Intentó hacer lo que
los demás hacían. Pero en su espíritu ardía el deseo por volar, y un día,
intentando interesarse en la comida, pensaba cómo colocar las alas para volar
más alto, así que dejó de buscar comida y sin pensarlo dos veces, se fue
a volar.
El concejo de ancianos de las
gaviotas montó un juicio contra Juan Salvador, lo declararon “chiflado” y lo
expulsaron de la colonia. Vaya, no le pudieron hacer mejor favor, porque ahora se
sentía verdaderamente libre para volar sin tener encima, los ojos que lo
juzgaban. Se volvió un experto, se olvidó de las gaviotas que solo volaban a
ras del suelo, y aprendió a sobre volar a las alturas donde casi nadie podía
llegar, y allá, en lo más alto, cuando miraba hacia abajo, solo miraba un
puntito a orillas del mar: eran las gaviotas carroñeras que solo se preocupaban
por lo que debían comer.
Esta gaviota se volvió muy famosa
entre algunas carroñeras, y un día, estando en la playa, de pronto, tenía a su
alrededor un grupo numeroso de gaviotas que le suplicaban, les enseñara a volar
tal y como él lo hacía.
Y es verdad que “quienes tienen
GRANDES VISIONES, casi siempre viajan solos... al inicio”, porque cuando
queremos volar, las mentes comunes se oponen, hasta llegan a odiarnos. Pero solo
hay una opción: volar.
Emprendamos nuestro camino,
aunque todos hablen, murmuren. A final,
en vez de críticas, recibiremos admiración, y la oportunidad de enseñar el
mismo camino a los pocos atrevidos que quieran recorrerlo.
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